Vengo de caminar en soledad y respiro feliz, disfrutando de cada segundo. Veo mi sombra en la tierra y pienso cómo hace relativamente poco esta habría venido acompañada de tres niños y una perra. Ahora no, ahora soy yo, con este pequeño regalo de tiempo y con mis pensamientos y estos me llevan al verano y a lo difícil que resulta hacer del tan necesario autocuidado una realidad.

Es el momento en el que mucha gente coge unos días de descanso para desconectar, para reconectar con los suyos y consigo mismo, para reponer fuerzas, sin más preocupaciones que elegir qué comer hoy o mañana. Algunos fuera de sus hogares y otros sin salir de sus ciudades, pero todos a otro ritmo.

Cuando tienes un hijo con grandes necesidades de apoyo esto no resulta, ni de lejos, tan sencillo.

Venimos de casi año y medio de pandemia. No hace falta que repita todo lo que ha supuesto el confinamiento y la ausencia de clases pero os podéis hacer una idea. Ahora, llegan dos meses y medio en los que, de la noche a la mañana cesan las clases y con ellas toda la estimulación y trabajo que implican. Y en la vida de Rodrigo eso es mucho.

Sus hermanos también en casa, aunque ellos podrán ir a campamentos urbanos, algo que les encanta y dónde pueden hacer mucho deporte, jugar, aprender y conocer gente nueva. Los veranos para ellos son variados porque ya nos encargamos nosotros de que así sean.

Pero con Rodrigo es diferente. No hay tantas opciones, no al menos que podamos valorar en base a criterios de distancias o precio. Ya probamos en su día actividades municipales -en dos ocasiones- y la experiencia no fue nada positiva; se notaba la falta de recorrido de los monitores. Por otro lado, las actividades con profesionales curtidos en centros que conocemos tienen un coste inabordable. Hablo de muchos cientos de euros, llegando a los tres ceros cuatro semanas. No, no os llevéis las manos a la cabeza, es lo que cuesta el atender a estos niños con una ratio adecuada, con unas actividades programadas y ajustadas, en un entorno controlado, con un número de adultos casi 1:1 y sin subvenciones. Es lo que hay. Así que se queda en casa.

Mi hijo no entiende de mi necesidad de descanso, horas de trabajo, de dedicación a la casa, a sus hermanos, a su padre, a mi misma… Él demanda, irrumpe, pide sin saber si es o no momento. Cuando vienes de un curso escolar largo al que se le suma la fatiga provocada por la pandemia el agotamiento es tal que es muy complicado tener la paciencia que se requiere y tener la entrega que se merece.

Porque no tienes fuerzas y necesitas reponerte tú también.

Aunque este año si todo va bien, logremos escaparnos para ver a la familia, no son días de desconexión; nunca lo son. Allí hay que seguir haciendo las cosas diarias, hay que seguir atendiendo a los niños -aunque a sus hermanos cada vez menos-, hay que llevarlos a actividades deportivas, a una piscina que no está cerca pero ir en coche supone dar después una hora vueltas para aparcar, hay que llevar a Rodrigo a caminar para que no pierda el tono, aunque odie la humedad y el calor y la gente y prefiera hacerlo por sus sitios habituales. Seguimos cuidando pero en otro espacio.

Con él no caben paseos por la tarde para tomar un helado, hacer turismo en tu ciudad o ir a cenar. No caben cines y cada vez menos parques de atracciones ya que parece ser que está desarrollando un miedo que antes no tenía. Hay que dividirse, cuadrar horarios, siempre ajustando para llegar a tiempo a comer, para coincidir. La abuela ya no puede quedarse con él un rato como antes; todos se hacen mayores, es ley de vida, y para que podamos hacer una salida de novios debe estar dormido, bien dormido, y ser muy breve.

Esto puede sonar horrible pero no os creáis, no suena tan mal porque al final es nuestra rutina. Y desde los días previos lo tenemos asumido y sabemos lo que vamos a hacer y cómo lo vamos a hacer. A él le genera seguridad, a nosotros nos permite buscar entre esas rutinas espacios para poder hacer algo nuevo y si bien no descansas -porque prometo que venimos fundidos- sabemos que a ellos, a los niños, les viene fenomenal. A Rodrigo especialmente por esas clases de natación, los largos paseos y sus jornadas tumbado en una hamaca como un señor…

Por lo tanto, las escapadas no me valen como autocuidado. Ni de lejos,

Hace tiempo que aprendí que no servía de nada aparentar que me encontraba bien cuando no lo estaba, esforzarme por levantarme más fuerte que nunca cuando no me sentía así. Hace tiempo aprendí a reconocer mis momentos, mis necesidades, mis errores, mis debilidades, y sobre todo,  aprendí que debía quererme más y ser más benévola conmigo misma y menos exigente.

Constantemente repito aquello de “cuidarse para cuidar” y no os imagináis lo que he avanzado en ese aspecto pero me quedan años luz, aunque es de justicia y es necesario reconocer los logros y los avances.

Ayuda mucho que los hermanos de Rodrigo vayan siendo más mayores. Puedo delegar en ellos tareas aliviando así carga y eso se nota muchísimo. Este es uno de los recursos más valiosos con los que contamos en casa ahora mismo: mis hijos.

Y aquí es importante resaltar que para cuidarse hay que dar unos pasos previos:

  • poner el foco en nosotros aceptando nuestras realidades
  • esas realidades no son comparables, son únicas y son nuestras
  • reconocer la necesidad de parar, de tomar aire y de dejarse cuidar
  • tener expectativas realistas acerca de lo que podemos mejorar, cambiar o no
  • identificar los recursos con los que contamos en nuestro entorno, del tipo que sean
  • centrarse en el presente, en el ahora, vivirlo y disfrutarlo desde tu experiencia como madre, pareja, compañera…

A mi me ha ayudado mucho el utilizar el pasado no para ponerme triste o añorar lo que quería tener y no tengo (o creía que quería tener) o recordar momentos difíciles. no. Me ha ayudado para poner en perspectiva el momento actual respecto al punto de partida, el camino recorrido y todo lo que hemos logrado. El poder tener esa mirada que no juzga, que busca lo positivo me ha proporcionado una paz inmensa y me ha hecho comprender que gran parte de mi dolor en el pasado se debía precisamente al agotamiento y la ansiedad que el querer llegar a todo y el querer lograr objetivos nada realistas me provocaban. Ahora sé dónde estamos como familia, dónde estoy como madre, dónde se sitúa Rodrigo.

Aprender eso fue uno de los primeros pasos para aceptar que no éramos él y yo en el mundo, sino que tenía una familia y que su atención era cosa de todos, y que, por supuesto, él debía de ser importante pero dejar de progresivamente ser el centro.

Ahí comencé a tomarme pequeños momentos y a priorizar mi vida a todos los niveles.

Organizar mi faceta profesional, no exigiéndome plazos inabarcables ni trabajos irrealizables. Aprender a decir que no. Asumir que las tareas del hogar deben repartirse y que tenía que dejar forma parte de ello a mi marido y a nis hijos. Dejar de darle más importancia de la que tenía a labores cotidianas, a ir superando y sustituyendo mi perfeccionismo por un hogar amable, práctico y hecho para vivir, no para enseñar, no para estar impecable. Entender que para mis hijos era mejor tenerme menos tiempo y bien que más y a medias, pendiente de otras cosas…no sé. A escuchar a mi cuerpo, al dolor, a la sobrecarga. Son tantos cambios…

Ahora, en verano, lo primero ha sido organizar turnos. De este modo todos colaboran y se alternan para recoger, dar de comer a las mascotas, limpiar la terraza, la compra. Hacemos menús sencillos que no supongan tiempo ni esfuerzo que podemos dedicar a otras actividades. Hemos establecido horarios para levantarse y desayunar. Vale que Rodrigo no lo cumple pero sus hermanos no aparecen hasta cierta hora y eso me da margen a mi para trabajar un rato en silencio y tomarme un café sin prisas y a mediodía reservar el tiempo que dura una película para poder echarme en el sofá mientras divago, o echo una cabezada o estoy con el ordenador haciendo cosas que no me suponen ningún esfuerzo. Salir ya a caminar y correr un rato, el poder mandarlos a comprar el pan por ejemplo o tirar la basura…

Saben que he llegado muy cansada a Julio. que han sido meses muy duros para mi y todos, capitaneados por su padre, intentan en la medida de lo posible colaborar.

Llego a la noche fundida, es así, pero tengo momentos con ellos que son un regalo. Trabajo menos, he rebajado mis expectativas y asumo que hasta septiembre será así. He conseguido recuperar tiempo con mi hija adolescente y es algo que me emociona porque sé que nos quedan pocos veranos.

Es mi vida y a partir de ahí, sabiendo que es única, con lo que tengo trato de seguir adelante. Sin más.

PD: Esta semana vuelvo a la pelu tras muuuucho tiempo. Esto puede ser también autocuidado!

 

 

 

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