Le comentaba hace un rato a una amiga: “tengo unas ganas de poder hacer cosas que ni te lo imaginas. Estoy a un 25% y es desesperante”. Porque lo es, y al hilo de esto os traigo una reflexión de martes.

Un confinamiento perpetuado por la cuarentena de Rodrigo ha trastocado todos los planes que llevaba meses elaborando en mi cabeza. No veía el momento de que comenzaran las clases los tres y poder, por fin, tener un momento para volver a ser yo. No al 100%, porque nadie va a volver a sentirse como antes, pero lo más parecido posible.

Tengo tantas ideas en mente, tantos proyectos, tantos temas pendientes…Por un lado la emoción de ponerme a ello, por otro el estrés por ver que aunque quiero no puedo. Las circunstancias lo hacen imposible.

A unos días de que el encierro de Rodrigo llegue a su fin me siento aunque cansada sorprendentemente bien.

Ojo, es harto complicado no enloquecer cuando pasas el día con un niño a tu vera con el IPAD a todo volumen y gritando. A veces de emoción porque la música que escucha o los dibujos que ve le gustan. Otras veces por desesperación porque ve cómo sus hermanos o su padre salen de casa y él no puede. Y claro, los arranques de rabia se desatan. Normal.

¿Y cómo se enfrenta uno a esos arrebatos? Con resignación.

Lo miro y no puedo sentir otra cosa que dolor al verle. Qué pena me da, de verdad.

Así que el acompañamiento se vuelve clave. Me siento con él, le explico aunque no me entienda, le seco las lágrimas, esquivo manotazos (que de esos hay muchos) y lo abrazo para ver si se calma. A veces se queda en mi regazo, otras me pide que le acaricie la cabeza, o que le de la mano…siempre a su lado.

Y así se pasan los días. Sin hacer otra cosa que criar. Porque nunca dejamos de hacerlo.

Hay momentos en los que Rodrigo lanza cosas al suelo y me mira. Su expresión es entre desafiante y temerosa. Le regaño pero de una manera tibia porque las circunstancias son excepcionales.

Un segundo confinamiento ahora es una tortura.

En marzo nadie podía salir a la calle, así que tras unos días de desconcierto se acostumbró y no pedía hacerlo. Pero llega el verano y con él sus largos paseos con la perra, por la mañana, por la tarde, con un remojón por medio. Un verano sin vacaciones en los que esa ha sido su rutina. Vuelve al colegio y a los cuatro días bluf, todo se desvanece, desaparece.

No hay salidas, ni piscina porque ya no hace tiempo, ni colegio, Y por si fuera poco el resto de la familia sí tiene libertad de movimientos. “¿Por qué yo no?¿Por qué no puedo salir?” 

Comprensión. Muchísima.

Pero no solo su vida se ha visto alterada. ¿Qué pasa con la mía? La eterna renuncia, que no acaba NUNCA.

Y de nuevo ese día en el calendario que había marcado con todos los colores posibles se desplaza dos semanas -como mínimo-. Otra vez a la merced del destino y sus caprichosas circunstancias. Aplazando médicos, aplazando citas, aplazando.

Si es que me da la sensación de que vivo en un aplazamiento contínuo. Mi bienestar y mis necesidades en último lugar.

Una cosa es lo que implica la maternidad. Algo que aceptas y asumes porque es mucho más grande que tú como individuo. Pero cuando la sociedad te obliga a que seas tú el recurso porque no hay medios, ni apoyos, ni ayudas, ni nada…agota. Mucho.

Tengo que dar gracias por estar en casa y poder trabajar desde aquí, como si fuera un regalo. Un regalo impuesto y envenenado porque no es oro todo lo que reluce. Porque me encantaría poder trabajar media jornada fuera.

Y si, doy gracias porque cuando pasan estas cosas como la cuarentena estoy yo que puedo quedarme con mi hijo. Igual que cuando sufre crisis en el colegio, o pierde el equilibrio se cae y se hace una herida. Cuando se levanta con fiebre alta porque sí y a media mañana está como una rosa. Cuando hay que llevarlo a una de sus muchas revisiones.

Estoy yo.

Pero no era lo que yo quería, ni tenía en mente.

Conseguí reinventarme, hacer de mi situación una oportunidad de ayudar, aportar y hacer algo productivo, pero no es la panacea.

Llevo siete meses como decía al principio al 25%. Ha costado llegar aquí sana y salva, no creáis. Nada de ejercicio físico desde marzo. malas noches y ahora un tratamiento con ansiolíticos. He perdido los papeles tantas veces que ya no llevo la cuenta. Pero estoy mejor de lo que pensaba. ¿Por qué? Porque HE LLEGADO HASTA AQUÍ cuando hubo momentos en los que creía que no sería capaz. Y eso es mucho que celebrar.

Estoy aquí sana, más o menos. Con mis nervios, mi cansancio, mis quejas pero estoy. Y mis hijos están bien, con sus cositas como todos pero sanos y sobre todo  muy muy felices.

He asumido que va a ser un curso escolar de altibajos, eterno, cambiante, impredecible. Estoy pendiente del día a día, de tener las mascarillas limpias, de que se laven las manos y de si están contentos y bien.

Confío en mi, en mi capacidad para resolver y sortear obstáculos. En mi familia, en los profesionales médicos que nos tratan y en nuestros docentes. Pero que no me pidan que confíe en nadie más.

No han estado a la altura. Y si pretenden hacerme creer que las familias y la discapacidad importan lo siento, no lo han conseguido. Se han cargado la poca fe que me quedaba en ellos.

Así que para mí la comunidad cobra más fuerza que antes y me siento arropada. Soy buena madre, con mis errores y defectos. Con mis gritos y mis olvidos. Lo soy.

Y con suerte, en unos días podré volver a vivir mi merecida nueva normalidad a solas.

 

 

 

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