Pocas veces una frase tan manida ha sido tan acertada para describir mi estado actual, y es que no me da la vida para todo. Y de verdad, que no es hablar por hablar.
 

Para algunos de nosotros la vida es un dejà vú de momentos, situaciones, experiencias, que se van sucediendo como un bucle infinito. Cuando parece que por fin llega una línea tras un sinfín de curvas y parece, parece que al final hay una tangente, un cruce, es un engaño porque entonces da un giro hasta volverse a encontrar en el punto de partida. La historia tendrá variaciones, como un remake de alguna serie antigua, pero al final será más de lo mismo.
 

De nuevo afronto una temporada ejerciendo de madre en soledad, cosas del trabajo de mi marido, y de nuevo toca ejercer de madre, padre y cuidadora a tiempo completo, con toda la responsabilidad del día a día recayendo sobre una servidora.

Aún estoy aterrizando y organizando horarios, de nuevo, como hace algo más de un año, con una hiperactividad que me roba el sueño que paradójicamente es más precario que nunca dado que Rodrigo vuelve a las malas noches, otra vez.

La que va estresada de buena mañana, y a rastras con tres criaturas y una perra percherona por la calle mientras resopla.
La que no ve la hora de que lleguen las ocho y media de la noche para tirarse en el sofá.

Esa soy yo.

Porque la realidad es que las mujeres no tenemos una sola jornada, sino que tenemos doble, triple, cuádruple…y parece que debemos ser capaces de llegar a todo.

Atender a nuestros hijos, la casa, las comidas, el trabajo, el blog o blogs y redes sociales en mi caso, la atención especial que supone un niño con discapacidad intelectual severa, una preadolescente que busca su espacio y un pequeño con problemas de gestión emocional con Altas capacidades recién detectadas…Todo eso forma parte de mi realidad, en la que el ocio es inexistente y el descanso uno de mis bienes más preciados.

 

Esto, en compañía se lleva mejor, porque la corresponsabilidad es lo que tiene. Un gran avance en la asunción de tareas y responsabilidades familiares por parte de ambos padres (o quienes sean que formen parte del hogar familiar). Lo reconozco, a mí me cuesta, mucho. delegar. Pero sí he aprendido a priorizar, porque de otra manera no hay forma de que una casa funcione sin caer en la desesperación.

Con el ritmo de vida que llevamos, movilidad, falta de apoyos… ¿cómo gestionar el tiempo?

 
Hay días en los que veo a las abuelas, tíos, hermanos, recoger a compañeros de mis peques del colegio, o hacer la compra porque la hermana, la nuera, la hija está trabajando y no tiene tiempo… y no puedo dejar de sentir cierta envidia. ¡Qué diferente sería todo de contar con un poco de ayuda! Pero es verdad que mi carácter es el de creerme una persona autosuficiente, porque a la fuerza ha sido y ha de ser así.
Y como yo, tantas.

Y está bien porque a algunos les parezca que no es posible, podemos.
 

Yo sin ir más lejos, he tenido que hacer un ejercicio mental BRUTAL con el tema tareas domésticas. Llega un momento en el que vas al día, planchas lo que necesitas, cocinas lo que puedes, y se va acumulando una cantidad ingente de prendas encima de la lavadora, baldas de despensa por ordenar, neveras que piden a gritos ayuda porque los yogures caducados y esos medios limones al fondo las están colonizando…
Llega un momento en el que paras, y descubres que ese orden relativo que creías que habías logrado ahora es el caos más absoluto.

Pero con el tiempo he adoptado el minimalismo y mi propio ritmo, y sobre todo he aprendido a relajarme y no estresarme más de lo necesario.
 

Sí, podría tener a una persona que me echara una mano, me lo dice mucha gente pero, con todos mis respetos por quienes sí lo hacen es algo que nunca me ha resultado cómodo. En un momento de mi vida lo hice, y cuando nació la mediana durante unos meses, pero decididamente no es para mí, y es una decisión personal con la que mi marido y yo no estamos de acuerdo, ni siquiera mi entorno cercano. Pero ahí no cedo.
 

Y el estar en esta situación de soledad una y otra vez me han llevado a ser la Máster del juego de la conciliación y organización, palabra. A sacar 28 horas al día. A minimizar mi carga de ansiedad que, sorprendentemente el año pasado a estas alturas me devoraba lentamente haciéndome enfermar y engordar seis kilos en unos meses en los que no podía ni respirar por las noches.
 

Esta vez todo es diferente. Primero porque mi marido podrá venir un fin de semana al mes, lo cual es MUCHO. Segundo porque esta vez sí he pedido ayuda y he contratado a una persona para que mi hija mediana no se pierda ni uno solo de sus entrenamientos (y no ha sido fácil, pero bendito colegio y benditos contactos). Tercero, porque no he tenido reparo en comentarlo a otros padres y aceptar cualquier ofrecimiento en caso de poder necesitarlo. Porque el orgullo no va a hacer que lleve estos meses mejor, ni que mi ansiedad por no saber qué hacer cuando uno enferma se reduzca, o cuando me encuentre mal y no pueda recogerlos.

Cuando no hay familia, cuando no hay núcleo hay que abrirse, hay que apostar por las personas, hay que coger la mano que muchos tienden y tratar de que la normalidad sea lo más parecida posible para tus hijos, porque la ausencia de su padre es muy dura y la estabilidad es la clave.
 

Cuando hace unos días revisaba mi calendario de aquí a mediados de julio respiraba tranquila. TRANQUILA. Porque veía que tenía toda mi vida de maternidad en soledad hasta entonces con un cierto control y orden, y eso no tiene precio.
Sé que hay mil variables que no puedo manejar. No sé cuándo Rodrigo volverá a sufrir una caída, o cuando alguno enfermará, o qué sé yo lo que pueda suceder. Pero esta vez me siento más segura, más tranquila, relajada y fuerte. La resiliencia está tocando techo y me siento bien.
 

Aceptar que no soy super poderosa, que no soy una heroína, que no soy la madre de dragones que todo lo puede ha sido un paso enorme y entender que vivir en sociedad es aceptar también que hasta aquella persona que te cruzas todos los días en el colegio y te ofrece su mano puede ser un grandísimo soporte en un momento dado.

Vivimos en una sociedad veloz, acelerada, cada vez más individualizada, y nos olvidamos de lo que vivir en sociedad supone de verdad.
Vamos a estar bien, lo sé, no me cabe la menor duda. El hecho de que aún, tres días después, no haya sufrido ningún bajón emocional es la prueba de ello, de que mi vida es la que es, la he abrazado fuerte y la he convertido en un motor para seguir adelante.
¿No creéis?

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