Hoy quiero compartir con vosotros una sensación y un aprendizaje bastante personales, todo hay que decirlo, pero creo que ilustran perfectamente lo difícil que resulta confiar y sobre todo romper las propias barreras que los padres de niños con discapacidad nos imponemos.

Para poneros en antecedentes a modo de resumen os diré que desde hace unos meses mi marido fue entablando una relación cada vez más cercana con un grupo de personas a las que nos une una actividad en común de nuestra hijas. Al final surgió lo que se esperaba de manera natural: una salida para cenar.

Probablemente lo veáis de lo más normal y menos extraordinario del mundo. Sin embargo para nosotros cualquier salida que se produzca fuera de al rutina especialmente con Rodrigo implicado es una aventura, una aventura que puede salir bien o puede salir mal.

A mi insomnio cronificado últimamente se unió cierta angustia por varios motivos.

Por un lado la primera salida desde que se iniciase la pandemia. Aunque hemos pasado el virus ambos y todos estaban vacunados sigo teniendo miedo, no puedo evitarlo.

Por otro lado el darle vueltas anticipando mentalmente cómo iba a desarrollarse la tarde-noche. Lo confieso, soy una agonías y pese a que soy la primera que trata de mover a mi hijo fuera de su zona de confort, al mismo tiempo despierto mi faceta más sobreprotectora y mi falta de confianza. No solo en él, sino en el entorno, sobre todo en el entorno. Y todo lo que me venía a la mente era negativo o poco positivo.

Llegar fue todo lo esperable: un espacio abierto atestado de mesas con personas desconocidas que, aunque no hacían un ruido excesivo suponían una carga estimular de entrada potente. Tuvimos que entrar muy despacio, sujetándolo entre los dos porque en esos momentos siempre se repite el mismo patrón: agacha la cabeza, relaja todo el cuerpo y se deja caer ofreciendo toda la resistencia posible mientras grita y protesta.

Si bien estas personas ya habían tenido contacto con él y había sido estupendo, el contexto había sido mucho más controlado. Ahora era todo un lanzarse a la piscina de la realidad a ver qué pasaba…

Lo sentamos con nosotros, en la mesa de los mayores claro está y, tras renegar un poquito se calló. Tal cual. Miró a su alrededor mientras nosotros saludábamos y esas cosas de cortesía -que en este caso te nacen de dentro afortunadamente- y ahí permaneció. Ya sentados se dirigieron a él y tras dar unos cuantos manotazos se fue relajando hasta el punto de quedarse tranquilito observando.

No se levantó cogiendo el bolso de su padre, no. Sino que pidió agua y ahí se mantuvo hasta que al poco comenzó a darle palmaditas con una sonrisa a la persona que tenía a su izquierda. Es su manera de decirle a alguien que le cae bien, que confía, que quiere interactuar.  Imagináos la emoción.

Rodri estaba bien, estaba cómodo pero es que ellos lo hicieron TAN fácil, pero tanto…Se generó un clima de naturalidad en el que el respeto imperó, el cariño y eso hacía que nos fuéramos relajando.

Cenó bien y, aunque terminó el primero, no se levantó y salió corriendo. Observaba, respondía con palmaditas o sonrisas cuando le preguntaban…y ya, cuando en un momento lo vimos frotarse los ojos y ponerse nervioso fue cuando entre todos, decidimos irnos.

En uno de los momentos de la cena alguien me dijo “jo, qué emocionante es cuando los ves así de felices, verdad? Y para ti como madre debe ser lo más, cada pequeña cosa“. Y tenía tanta razón…

No sé si soy capaz de transmitiros esa sensación de paz que experimenté, ojalá. Cuando volvíamos a casa lo hicimos contentos, reforzando a Rodrigo y dando gracias por habernos cruzado en la vida con personas así.

Hay veces que la sociedad te defrauda. Estamos constantemente presenciando ataques hacia la diversidad de todo tipo, y eso enfada y entristece y duele. Pero no perdamos la fe, la esperanza, la confianza. Las revoluciones y los cambios a veces van acompañados de estruendo, a veces de silencio.

En nuestro caso el poder de la palabra, el responder, el naturalizar nos va allanando el camino y, sobre todo, el recoger los frutos de lo trabajado con Rodrigo durante tantos años.

Soy yo la que necesita, muchas veces, esa ruptura. Que da miedo, pero que es necesaria.

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