Acaba de terminar el fin de semana. Un fin de semana más.
Bien podía haber sido un fin de semana de enero, o septiembre, sin diferencia alguna más allá del clima.
Un fin de semana de los nuestros, con las mismas rutinas.
Y así en general el resto de días.
 

El mundo lleva en stand by desde hace varios meses. Órdenes tajantes de permanecer en casa que se han ido suavizando las últimas semanas y, aunque ahora ya podemos respirar un poco de normalidad, no es suficiente. Para la mayoría de la población no lo es. En cuanto lo pruebas recuerdas lo que era vivir sin ataduras y quieres, necesitas más, es normal. Esa mezcla de deseo con una realidad que nos dice que aún estamos lejos de poder hacer lo que queramos o necesitemos genera desazón, impaciencia e impotencia.

Sin embargo a mí eso no me preocupa ni me angustia.

Vale, lo de las clases en casa no es el escenario ideal. Es un estrés añadido a mi día a día que, por otro lado, quitando esos momentos, hace que el ambiente en casa emane un olor familiar, ese que te dice que ya has estado aquí, un dejà vú de acciones, situaciones, recuerdos y emociones.

Ya hemos estado aquí, confinados y encerrados. Durante años.

Desde el momento en el que comenzamos a trabajar con Rodrigo de manera incansable al tiempo que teníamos que ocuparnos de una bebé lactante de meses, alternando días en soledad con mi marido llegando por la noche. Horas de terapia dentro y fuera de casa, de lunes a domingo. Y nuestras salidas se limitaban a la compra, al parque de debajo de casa o a llevarlo a caminar para ejercitar ese paso torpe e inseguro que aún hoy es facilmente indentificable cuando lo ves llegar. No podíamos (y escasamente podemos) hacer casi vida social, ni salir a practicamente ningún sitio por sus hipersensibilidades varias, su rigidez cognitiva y su nula tolerancia a los cambios y a los extraños.

He vivido en soledad maniobras y misiones a Uganda, Bruselas, Irak, Roma…En total 30 meses en los últimos 8 años que he pasado sola con ellos, sin poder salir, desconectar, hacer otra cosa diferente a ser madre de niños muy diferentes y demandantes a su manera.

Hemos vivido confinados, por fuera pero también por dentro.

Hubo momento en los que realmente me perdí. No tenía noción del tiempo, y mi autocuidado era nulo. Apenas comía ni dormía. Sin un horizonte claro. Sin ver esos avances que necesitaba sentir para remontar.

Confinamiento y aislamiento.

Aún hoy los fines de semana o las vacaciones son una extensión del año con la diferencia de que hace más calor, hay una piscina hinchable y no tienen clase, escenario que en unos meses se repetirá.

Con esa sensación, esa tensión permanente pensando en qué va a pasar si te pones enferma, o si tu hijo mayor lo hace, o si tienes que ir a urgencias con los otros, ¿cómo lo haces? ¿con quién dejas a Rodrigo?

Y en algunos momentos la desesperación te lleva a pensar que no hay nadie más en una situación como la tuya, que lo que estás viviendo es único y nadie te comprende.

Algo que ya has vivido pero no es igual.

¿Qué hay de diferente?

Para mí, sinceramente, tan solo la ausencia de clases. Ni siquiera la ausencia de mi marido marca una diferencia en la percepción de que estoy reviviendo unas de las peores épocas de mi vida.

Sí. Si él estuviera aquí todo habría sido completamente diferente, es un hecho. No estaría escribiendo esto, para empezar, ni los ansiolíticos volarían por las noches. Pero no está, esa es la realidad y mi yo de hoy no se siente especialmente diferente al yo de hace un año o de hace cuatro.

Me siento encerrada de nuevo, por fuera y por dentro.

Cuesta explicarle a los niños, especialmente a Rodrigo porqué no puede ir al colegio, porqué no puede salir por la mañana cuando quiere. Cuándo van a ver a su abuela, a su prima, a sus tíos, a sus amigos. El regreso al colegio, a los entrenamientos… Pero aún con lo difícil que está siendo ellos lo llevan bien, infinitamente mejor que yo.

Pero no todo va a ser ahogarse en el fango. No. Porque precisamente porque he estado ya aquí antes sé que se sale. Que la vida es una sucesión de momento mejores o peores, y llegará ese momento en el que todo lo que necesitamos y deseamos podrá llevarse a cabo. Y volveremos a sentirnos libres en nuestro propio hogar.

El cansancio me consume, y eso determina mi ánimo, como a todos, pero no me impide ser realista y ver que detrás de cada puerta hay miles de familias que sienten lo mismo que yo, que no estoy sola. Que tenemos que ver cómo nuestros hijos no pueden ir a clase o a terapias, como algunas funcionalidades se están perdiendo y eso nos destroza, pero sabemos que lo retomarán, y a eso debemos aferrarnos aunque no es fácil. No es cosa de ir cambiando de máscara y elegir la de la sonrisa, como en el teatro clásico.

No.

Aquí el tiempo y la aceptación son la clave. Permitiendo sentirse como queramos.

Yo me siento como muchas otras veces. y sé lo que supone. Ahora estoy prevenida, aunque la situación sea del todo excepcional y desconocida.

Los que hemos vivido ya confinados previamente sabemos lo que supone, y desde aquí puedo decir que llegará un momento en el que todo irá a mejor, aunque ahora no seamos capaces de verle lo positivo a esto, ni extraer aprendizaje alguno.

Yo, al menos, ¿y tú?

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