Creo, sé, que soy una persona positiva. Mejor dicho, realista tirando a positiva. No es que vea el vaso medio lleno o medio vacío, sino que lo veo como está. Vamos, que tengo los pies bien anclados en la tierra.

Podría transcribiros en este momento una novela por fascículos, comenzando por mi niñez hasta el momento actual, con detalle. Habría de todo, como cualquier culebrón. Pero cuando realmente mi forma de ver la vida cambió fue con la llegada de mi hijo mayor, con discapacidad severa. Ahí me llevé el mayor batacazo, el mayor bofetón de realidad que hubiera soñado.

Ahí fue cuando la vida dejó de ser en blanco y negro y pasó a tener mil matices; cuando aprendí a gestionar cada momento negativo y a aceptar que había situaciones que no había manera de superar más que con tiempo. Ni con positivismo ni positivisma. Como cuando mi hijo convulsionaba y tardaba horas en volver en sí, pretender buscar el lado positivo no es que fuera imposible, sino que resultaba un insulto y una falta de respeto a lo que estábamos viviendo.

Lo que he aprendido ha sido a gestionar cada momento con esa dosis de realidad que me lleva a buscar soluciones, respuestas adaptativas, aceptar lo malo, encontrar salidas, y sí, en muchas ocasiones a extraer aprendizajes y encontrar lo bueno, que a veces lo hay.

También he aprendido, a base de trabajo, a identificar emociones y expresarlas como toca. Las emociones negativas hay que abrazarlas, no son malas y no tienen que darnos miedo, lo digo muchas veces.

Necesitamos escucharnos y conocernos en todos nuestros estados. En todos. Si nos empeñamos en enmascarar el miedo, la tristeza con letanías en plan “todo va bien”, “con un pequeño esfuerzo lo conseguiremos”, esbozando una risa, forzando una pose, repitiéndonos que todo está ok…vamos por mal camino.

Porque desde ya os digo que ese lenguaje que utilizamos, el Mr wonderful como modo de vida nos ayuda en un momento concreto con un subidón de endorfinas, en un instante, en una situación, pero después “¡hola, soy tu yo confinado lleno de marrones hasta arriba y estoy esperándote!”

No es cuestión solo de pensar en positivo, hay que entender cómo nos sentimos, por qué nos sentimos así y trabajar para desde ese conocimiento sentirnos mejor, aprender herramientas y poder gestionar esa situación de la mejor manera posible. Y eso sí nos va a dar una tranquilidad y una alegría duraderas.

A lo largo de estas semanas de encierro (confinamiento lo llaman que suena menos hardcore), he pasado por todos los estados: incredulidad, desconcierto, tristeza, tristeza profunda, desesperación, optimismo, optimismo desorbitado, calma chicha…

Tras los primeros días de locura en plan “qué bien que vamos a tener muchísimo tiempo para hacer de todo”, la visión de un futuro a corto y medio plazo poco menos que incierto y complicado me arrebató ese entusiasmo inicial en el que me volqué, como muchos, en jugar con los niños, organizar días, hacer deporte… Semana y poco duró ese estado.

De pronto me veía sola, con los tres, sin saber cuándo podría volver a la “normalidad” y lo odiaba porque me daba miedo no poder con ello.

He odiado el tener que, de nuevo, hacerlo todo sola.

He odiado que mi marido esté a casi 2000 km y odio que el destino haya tenido que traer una pandemia justo en este momento.

He odiado que mi madre tenga que estar sola, siendo paciente crónica, sin poder ver ni abrazar a sus nietos hasta no se sabe cuándo.

He odiado tener que vivir con el corazón en un puño por si Rodrigo se cae y se hace daño, algo que ha pasado varias veces.

Me enfadé con el mundo cuando tuve que salir corriendo a urgencias con su ceja llena de sangre, por tener que dejar a sus hermanos solos, por tener que coger un taxi, por tener que ir al hospital, por tener miedo a contagiarme.

He odiado el cansancio en el que vivo sumergida desde la mañana a la noche, el no llegar a casi nada, el no poder trabajar, el no poder dedicar tiempo a un máster que acaba en breve y por cuya prórroga voy a tener que pagar.

He odiado no tener ganas de hablar con nadie.

He odiado el haber tenido que rechazar ofertas de trabajo por no poder abarcarlas.

He odiado tener que lidiar cada día con el pequeño y las tareas. Ya era difícil con las clases, ahora es una lucha agotadora cada día. Las altas capacidades, la gestión emocional, las tareas repetitivas que no entiende son una bomba de relojería.

He odiado que los niños no dejen de preguntar cuándo va a volver su padre, cuándo van a poder ver a sus amigos, a sus tíos, a su abuela y no tener una respuesta.

He odiado la sensación de culpa por no trabajar con Rodrigo apenas, mientras recibo tareas y no encuentro las horas. Y veo su retroceso en algunas áreas.

He odiado el que no hayan clases y el tener que hacer de profesora, además de madre, cuidadora, terapeuta, trabajadora…¿Y mi yo-mi-misma pa cuándo??

He odiado tener que pelearme con el seguro porque me ha salido una humedad en el baño.

He odiado las crisis de ansiedad cuando además estoy sola y el pánico por tener una enfermedad terminal o sufrir un infarto me invade.

He odiado que haya fallecido tanta gente, y que lo hayan hecho solas y que su entorno no haya podido verlarlas. Y por ello he odiado las manifestaciones públicas de fiesta y alegría sin parangón.

Y sí, hay momentos en los que ver fotos en cuentas de familias riendo, bailando me ha rechinado, pero ni os imagináis cuánto. Cuentas que hablaban de sacar lo mejor de tí, de las posibilidades de crecimiento que me han cansado y generado rechazo a unos niveles de tener que silenciar.

Quizás me he vuelto algo hater, quizás no. Quizás estaba lidiando con una situación nueva para todos, desconocida y las emociones son así, florecen y nos descubrimos en algunas que no solían estar presentes. Yo me he descubierto el lado más negativo. Y está bien.

En esos oscuros días no he tenido ganas de hablar, o entrar en redes, o reir…y no pasa nada.  Ha habido mucho que procesar y no, no me salía bailar, ni aparentar normalidad cuando no la hay.

Me he observado mucho y he aprendido. Qué cosas me calman, qué puedo relegar, cuáles no puedo evitar, cuáles no puedo postergar, cuáles no son para tanto, cuáles van a volver a la normalidad y cuáles he de mentalizarme de que van a cambiar.

Me he reconciliado con el mundo y mi enfado supremo ha dado lugar a una aceptación que me permite estar tranquila, en paz, y más o menos bien la mayor parte del día. Mejor con los niños, mejor con mi entorno, conmigo misma.

Soy capaz de reirme no solo en momentos determinados, sino en cualquier momento del día, disfrutar jugando con los niños, cuando antes no podía. Abrazar a Rodrigo sin sentirme culpable; hablar con mi marido sin que se me escapen las lágrimas porque sé que esto tiene fecha de fin (antes no era capaz de verlo); ser capaz de hablar con mi madre sobre la realidad que estamos viviendo y tranquilizarla.

Aprender de mis fortalezas y debilidades, ya lo creo. ¡Cuánto por trabajar y cuánto me ha sorprendido de mi misma!

Y sí, ser capaz de volver a entrar en las redes sin ningún sentimiento de rechazo. Sin emitir juicios. Aceptando que cada uno lo gestiona como quiere, puede o sabe.

Esta situación nos ha afectado a todos, y cuanto antes sepamos de qué manera antes podremos ir preparándonos para lo que nos espera que no sabemos qué va a ser, pero seguro que va a ponernos a prueba, a otros niveles, pero lo va a hacer…

¿Te suena algo? ¿Te rechina?  Siéntete libre de opinar…

¡Un abrazo enorme y confinado!

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