Una de las cosas que hago cuando llevo y recojo a Rodrigo de la ruta es pensar, mucho, sobre cualquier cosa. Porque el hecho de que no te de conversación hace que te abstraigas y te dejes llevar, además de que es un camino que tenemos tan automatizado que podemos hacerlo prácticamente con los ojos cerrados.

Salimos de casa recorriendo siempre las mismas calles, dando los mismos pasos, tardando el mismo tiempo. Ya sé qué distancia exacta hay, lo que tengo que tardar, a qué velocidad tienen que ir sus pasitos para que no tropiece para que su deambulación sea lo más equilibrada posible llegando puntuales.

Como decía, una de las cosas que me da por pensar cuando llevo a Rodrigo es que esta misma tarea la voy a tener que estar ejecutando de por vida, y digo tarea porque es algo que llevo haciendo, que hago y qué voy a hacer cada día, que entra dentro de mi agenda. Como hacer la comida, desayunar, barrer, recoger, consultar correos… Pues llevar a Rodrigo en la ruta es esto. Y es algo que no deja de recordarme que sí, que somos diferentes y mucho.

Porque uno de los hitos, bueno, no sé si se le puede llamar hito, pero vamos, uno de los hechos que todas las familias típicas acaban alcanzando es el dejar de acompañar a sus retoños al colegio. Bien porque ya no lo necesitan, porque van solos para conseguir autonomía, porque no podemos ir con ellos por cuestiones de horarios, porque ellos no quieren…El caso es que hay un momento, hay un final para esto. Es un evento que tiene fecha de finalización. En nuestro caso ya lo he experimentado con mis hijos pequeños. Ellos van solos, aunque es cierto que todavía los recoge su padre por cuestiones de tiempo.

Pero con Rodrigo nunca va a poder ser, nunca va a poder llegar a ese fin porque siempre va a necesitar de una persona que lo acompañe. Es una tarea impensable para él, por mucha autonomía que lograra. Y me cansa, me agota pensar en ello.

No me agota el hecho de llevarlo a él específicamente, porque es incluso divertido y adoro pasar tiempo junto a él. Disfruta muchísimo yendo al colegio y antes de salir de casa cada una de las acciones que llevamos a cabo están perfectamente orquestadas, desde cambiar el pañal, vestirlo en determinado orden, asearlo y como elemento final, colocar los calcetines y las zapatillas. Y de ahí ya la chaqueta, la mochila, las llaves, etcétera. Es todo un ritual que le encanta y lo manifiesta claramente por el camino porque va pegando saltitos, haciendo ruiditos de alegría. Es muy divertido, es bonito verle contento, pues siempre te hace feliz. Pero eso no quiere decir que no te canse, me cansa, me agota. Me agoto por lo rutinario. Todos los días.

Además, me agota porque sé que no puedo permitirme el lujo de decir, “pues mira, hoy no lo hago, hoy descanso de esto”. Pues no. No puedes, porque, además, si tú te pones enfermo, si ese día te encuentras mal, o tienes fiebre, ¿qué sucede? A veces mi marido podrá venir a casa, podrá entrar más tarde, podrá pedir el día, pero habrá muchas otras -la mayoría- que no sea posible. Y no quedará más remedio que dejar a Rodrigo en casa.

Si, esto nos pasa muchas veces a las madres con niños pequeños cuando carecemos de apoyos. Pero yo hablo de una situación que se puede prolongar en el ciclo vital hasta el final o hasta que Rodrigo acuda a un centro en el que pernocte, si acabara dándose el caso (que aún queda mucho camino por recorrer para llegar hasta ahí).

Aquí es donde entra en juego el famoso “cuidarse para cuidar” que en ocasiones me resulta tan utópico. Porque en este caso también le afecta, porque si yo no estoy bien él se ve privado de asistir al colegio, de todas las actividades, de la atención especializada, de ese trabajo que tanto necesita para funcionar.

Así que sí, me agota emocionalmente. El hecho de saber que esto va a ser siempre así.

Nosotros nos cruzamos cada día con muchísimas familias que vienen y van a recoger a los niños de un colegio que está muy cerquita de nuestra casa. Pero es que también confluyen muchísimas familias que van a coger el transporte público o van a dejar en ruta escolar a sus peques -y no tan peques- porque es una zona estratégica de paradas de autobuses escolares a todos los niveles: escolares ordinarios, de educación especial, universitarios… Estoy constantemente viendo ese flujo de idas y venidas que se van sucediendo.

Antes todas las caras que me cruzaba me resultaban más o menos familiares. Saludaba a unos y a otros y de alguna manera, aunque yo esperaba en una calle me sentía acompañada. Ahora, si bien aún reconozco a alguien, ya prácticamente son todo caras desconocidas. Nuevas generaciones que van, que vienen, que acaban de empezar y que dentro de unos años dejarán de ir y vendrán otras. Y yo seguiré ahí permanentemente. Ahí, como las marquesinas de los autobuses, como la barandilla oxidada donde se apoya Rodri que lleva décadas sin cambiarse, como la silueta del hospital que se ve al fondo… ahí seguimos y seguiremos nosotros.

Me agota el pensar que es un recordatorio de lo que vivimos y nos queda por vivir. Y sobre todo me recalca bien fuerte e insiste en que no me olvide de lo mucho que Rodrigo me necesita/ nos necesita en su día a día. Creo que esto, al final, es lo realmente importante, ese recordatorio.

Ya no siento pena, aunque durante muchos años era una emoción que me asaltaba porque no podía dejar de compararme con otros y conmigo misma, con mi otra maternidad. Ahora ya no, en ese sentido está superado. Ahora es cansancio.

Y al final es parte de la fragilidad que suponen los cuidados de personas dependientes. Cansancio físico, mental, el saber que el descanso no es algo sencillo, que otro te va a necesitar siempre para su día a día.

E incluso valorando todo esto, poniéndolo en una balanza, deseando que no tuviera que realizar esa labor de acompañamiento por las próximas décadas, hoy acababa mi reflexión volviendo a casa agradeciendo la suerte que tengo de poder hacerlo

Hay toda una historia detrás personal de decisiones y sacrificios que me han llevado a este punto, que ahora puedo valorar de manera positiva y que me permiten estar ahí para él, y esto es lo que realmente tiene valor, ya que no siempre ni en todas las familias es posible.

Siempre agradecimiento.

 

 

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