He pasado una temporada sintiéndome triste. Como se dice coloquialmente “de bajona”. Sé que un peso importantísimo en este estado de ánimo lo ha tenido la mala calidad de mi sueño, lo sé con toda certeza. Pero estos días atrás había algo más, algo que me ha tenido sin ganas de hablar, de reir, con la necesidad de estar sola. Mi cuerpo funcionaba por inercia a pocas revoluciones. Cualquier esfuerzo era titánico y la verdad, la procrastinación se iba apoderando de mi. Pero como una es como es esta actitud lo único que hacía era que al día siguiente todo eso que había dejado de hacer me supusiera un mundo, una carga mental insostenible por lo que el estrés me paralizaba y me sentía más triste aún.

Y es que un estado de ánimo triste atrae pensamientos tristes. Es así. Se genera un círculo que necesita de un estímulo lo suficientemente poderoso para romperlo y plantearse un ejercicio de introspección a conciencia para valorar el porqué estoy así y qué puedo hacer para sentirme mejor.

Con el tiempo, una de las enseñanzas que he extraído de este camino como madre de un niño con discapacidad ha sido el reconocer y, sobre todo validar TODAS las emociones que me invaden en determinadas épocas. Alegría desenfrenada, optimismo, tristeza, enfado, derrotismo, negativismo…todas forman parte de mi, de mi manera de ir ajustándome a este mundo cambiante que no siempre es tan ordenado, rutinario y estable como quisiera.

Porque estar triste no es malo per se. Es una emoción básica y poder expresarla es lo mejor que podemos hacer para que no acabe enquistándose y dar lugar a problemas más serios. Podemos verla como una ocasión de hacer una parada para repostar, y analizar en qué momento nos encontramos, qué queremos, qué necesitamos, qué creemos que nos falta o qué nos sobra…Una oportunidad, esa sería la palabra.

Sé que hay muchas cosas que escapan a mi control y algunas personas esto tenemos muchísimas dificultades para gestionarlo. Aún a sabiendas de que no podemos hacernos con las riendas de determinadas situaciones, de que no somos dueños de las acciones de otros que puedan afectarnos, de que la perfección no existe, de que la autocrítica que nos hacemos puede no ser nada constructiva y ejercer el efecto contrario…aún así nos afecta, y mucho.

Una frase desacertada que integramos como personal e intencionada, un recuerdo que de pronto evoque un momento vital complejo y duro y que desencadene pensamientos intrusivos, un error inofensivo que percibimos como el mayor de los fracasos. Sé que mi mente me juega malas pasadas, que el cansancio acumulado me nubla la realidad, pero no puedo evitarlo.

A veces leer a otros me genera de nuevo esa sensación de pérdida cuando pienso en los inicios, cuando peor lo pasamos con los diagnósticos/no diagnósticos de Rodrigo y rememoro ese duelo. Y sé que es inevitable sentirme así porque soy humana y emocional y sensible.

He aprendido a pedir mi espacio en casa, a expresar con claridad que estoy triste delante de mis hijos sin sentirme culpable ni avergonzarme. Pedir a mi marido ese tiempo y agradecer que lo respete y que no necesito más que lo que suele hacer: hacerme ver que está ahí encargándose de todo.

He aprendido que todo es producto de mis aprendizajes previos, de mis experiencias, de cómo he gestionado desde pequeña cada una de las situaciones que me angustiaban, y no fue de la mejor manera. Porque callar o esconderlas o disimular o negar que te pasa algo no va a hacer que te sientas mejor. Porque reir a carcajadas delante de otros mientras lloras por dentro no va a hacer que se esfume tu angustia.

He aprendido también a entender que Rodrigo, que muchas veces de manera indirecta es la fuente de esta tristeza, es feliz. Es un niño inmensamente feliz en este mundo que le ha tocado vivir y en esta familia a la que llegó con tantas ganas hace casi catorce años. Soy yo la que echa de menos esas cosas que estoy viviendo con sus hermanos y que de vez en cuando me hacen una pequeña heridita en el alma. Y esto es algo que debo curar porque no es la realidad, ni la suya, ni la mía.

Y no es que no me haya adaptado a las circunstancias, ni haya hecho los ajustes necesarios para vivir de manera plena mi maternidad diversa y atípica. No. Lo que sucede es que hay momentos en la vida en que alguna circunstancia, algún elemento junto a todas las variables existentes en ese momento hacen que te sientas así.

Y no pasa nada.

Porque son muchas épocas en las que me he sentido triste. Y creo que es necesario hablar de ello y explicar que todas y todos tenemos nuestros días y pasaremos por ello. Porque el dolor no desaparece con la aceptación. Va y viene, pero eso sí, como he dicho tantas veces, cada vez con menor intensidad. O quizás con la misma pero de menos duración. Aprendemos a levantarnos porque sabemos que hay mucho, muchísimo por lo que estar agradecidos y por lo que sonreir.

Identificar ese desencadenante puede ser un buen comienzo. Yo sé que la falta de descanso durante este verano, el haber practicamente empalmado el curso anterior con este sin hacer una pausa de las de verdad me ha pasado factura mentalmente. De ahí a lo demás ya es una consecución, una sucesión de días que van unos encima de otros hasta que la montaña se desmorona y cae y te aplasta.

Pero ¡eh! de nuevo ando en pie. No, aún no río a carcajadas y creo que es de las cosas que más echo en falta, como le comentaba en su post el otro día a Chibimundo. El reírme a mandíbula batiente de la vida, ¡cómo lo necesito! Pero me siento mejor, estoy cansada pero activa de nuevo. Vuelvo a ser yo casi casi y eso es una auténtica victoria, hasta la próxima.

No, estar triste no es estar depre. No caigamos en la tentación de banalizar estos estados con un trastorno que hipoteca la vida del que lo padece y que en sus variantes más extremas puede tener consecuencias nefastas.

Los estados son estados, e implican un matiz de pasajero. No nos han enseñado el valor de la tristeza, ni a cómo convivir con estos momentos y por eso puede resultar tan difícil.

Así que desde aquí quiero naturalizar el no sentirse bien por épocas, el poder decirlo sin sentirse culpable (siempre la culpa a rastras, sea lo que sea) y el entender que si nuestra vida pudiera representarse en un gráfico sería una sucesión de subidas y bajadas.

Y a ti, ¿te cuesta reconocer que te sientes triste?

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