Llevamos semanas esuchando hablar de que “uy qué cerquita estamos de llegar a la cima de la curva“, y, mientras esperamos que la estadística siga su curso, en esta casa puedo decir que nosotros hemos superado nuestra propia curva emocional, tras casi cuatro semanas encerrados.

O al menos eso quiero creer.

Han sido semanas de locura, como la de todos, vaya.

La primera fue un derroche de energía, de imaginación, de entusiasmo desbordados: creación de horarios, juegos, cocina, manualidades, ejercicio, una proclama contínua de “estamos acostumbrados a esto, todo va a estar chupado…”y entonces llegó la semana dos.

Ahí la plataforma virtual de EducaMadrid ya echaba humo, se acumulaban fotocopias, correos, mensajes…y las mañanas eran un caos virtual entre redes colapsadas y niños que no sabían qué hoja hacer o cómo hacer o cuándo hacer. Y mientras el pobre de Rodrigo con sus zapatillas de deporte y su mochila de un lado al otro de la casa, con una brechita en la cocorota que curé en casa con tal de no salir a urgencias a las 10 de la noche en pleno apogeo pandémico.

La semana tres fue acompañada de una prórroga de confinamiento, un tomar conciencia de que el curso se acabaría en casa y llegar a lo más profundo del abismo. Ya no había ni ganas ni energía de hacer ejercicio, de jugar, de innovar…Esa semana fue una lucha por la supervivencia pura y dura, y los días transcurrían entre tareas, persiguiendo al pequeño. Si ya de por sí tiene problemas para gestionarlas ahora mucho más, y lidiar con ello ha sido casi más difícil que gestionar las conductas de su hermano mayor, con diferencia.

A esto le sumamos la angustia por la compra, quién lo iba a decir. No encontrar fechas para pedidos, ver que no tienes frescos en casa y la posibilidad de salir al mercado te revuelve entera. Porque sí, yo temo al contagio muchísimo ya que en casa no hay otro adulto, y los temores de “si me enfermo, ¿qué pasa con ellos?” y sobretodo el “si se infecta Rodrigo, ¿cómo lo hacemos?” me quita el sueño cada día. Así hasta que pude hacer acopio de provisiones y programar dos compras online hasta mediados de mayo no pude respirar.

Y entrando en la cuarta semana ya costaba respirar, levantarse, hacer de comer. La piel más fina que nunca, irascible, agotada a todos los niveles y pidiendo a gritos un relevo sabiendo que no iba a llegar. Para culminar, caída de Rodrigo por las escaleras de casa con un cortecito en el labio y al día siguiente golpe contra el suelo y un rodapié que implica visitar urgencias un sábado por la tarde. Dos heridas, una con pegamento, otra con cinco puntos de sutura, y de nuevo los miedos al contagio en el taxi, en el hospital…porque es normal.

Entonces llega la mañana y ya no puedes sentirte más cansada, ni llorar más, ni hundirte más…entonces te miras al espejo que te devuelve una imagen durísima. Y sin ganas te acicalas, te mimas el pelo -dentro del tiempo que tienes-, sales con tu hijo al que le das un paseo terapéutico cada cuatro o cinco días, según su estado de ánimo, ves una película con tus peques, y te ves respirando de nuevo. Un día que superas sin ansiolíticos tras muchos en los que han sido tu compañero de viaje.

El cansancio físico está ahí, es inevitable. El afrontamiento ya es otra cosa porque conseguir deshacerte de la culpa que la autoexigencia te genera ha sido el gran paso definitivo.

Tratar de hacer de madre, de padre, de profesora, de terapeuta, trabajar, acompañar a otros, ser hija, ser esposa, compartir, ver lo positivo, controlar tiempos de exposición sin lograrlo, tratar de minimizar el impacto del encierro, hacer de sombra del mayor, recibir recomendaciones de trabajo para hacer en casa con él sin tener tiempo, un master aparcado que te reclama…y al final de todo eso, al final de la cola tus necesidades. Esto no había mente que lo resistiera, hasta que dije basta.

No puedo controlar el tiempo de exposición, no puedo estar todo el día jugando (ni todo el día ni parte del día), ni inventando, y no pasa nada.

Hay ratos en los que me sale hacerles reir y ellos lo agradecen porque se vienen arriba y ves lo que necesitan esos momentos. Sí, echan de menos a sus amigos, el cole, a su padre sobre todo, su vida antes del virus pero mis hijos pequeños he de decir que lo están llevando bastante bastante bien, y eso es un alivio…

Y como estoy mejor, ellos también.

A un día de cumplir cuatro semanas sin clases, tengo ganas de escribir, de retomar trabajo, de estudiar, de leer, de incluso bailar con ellos. No veo el momento de que el buen tiempo acompañe para poder salir fuera y disfrutar de ese espacio que tenemos y por el que tantos años su padre y yo nos hemos sacrificado. Tener una casa con espacio suficiente para facilitar la movilidad de Rodrigo dado que somos seres que en cierto modo vivimos confinados parcialmente el resto de año por sus características.

Es un ejercicio mental tremendo el que cada mañana hago al despertarme casi de madrugada, sin más planes que las horas que se vienen por delante hasta la hora de dormir.

Solo veo las noticias al levantarme, ni un minuto más, y lo que mi marido me traslada ya que él tiene información fiable y me traslada solo aspectos positivos cada tarde. No hay día que no me envíe una gráfica, un artículo, una reflexión…

Relajar propósitos, el nivel de ambicionar logros es fundamental. Perseguía unas metas que eran inalcanzables y ahora tan solo voy paso a paso.

Y qué tranquila estoy amigos, de verdad.

Rodrigo va asumiendo esta nueva realidad, con sus vaivenes, con sus horarios, con su inapetencia, con la lucha diaria por la comida, pero lo veo más relajado y adaptado.

Sus hermanos van luchando entre el aburrimiento, la excitación, la añoranza, la alegría…dan saltos entre mil estados de ánimo al día que ellos mismos reconocen, aunque muchos no acaben de identificarlos, pero dentro de ese caos también van regulando horarios y reacciones.

Son momentos difíciles pero se superan, porque la incertidumbre nos está llevando a pensar que no hay fin, pero si lo hay. ¿Cuándo? Eso no lo puedo saber, pero llegará.
No sé qué va a pasar después, solo estoy esperando a que llegue el día en el que mi marido pueda venir de vacaciones esa semana que tenía que pasar ahora, y que acabe su curso en Julio. Después todo será infinitamente más fácil.

Solo quiero que sigan sanos, que sigamos estables a nivel emocional. Que tengan sus momentos de juegos, de risas, de ausencia de preocupaciones y también la oportunidad de desahogarse, fundamental. No me he escondido al llorar, y nos hemos abrazado mucho.

Todo va a ir bien, aunque para ello tengamos que pasar momentos duros.

 

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