Hay días en los que estás cansada, desde que te levantas. Días de esos en los que no dejas de mirar la hora porque oye, no ves el momento de poder meterte en la cama. Seguro que esto os suena, ¿verdad?

Y esos días suelen ir acompañados de despistes. De mayor o menor magnitud, pero la cabeza va por un lado y nosotros por otro.

Desde olvidarte el café en el microondas, la comida en el fuego, apagar el horno, tender una lavadora, hacer una llamada urgente, realizar una entrega, comprar algo en concreto…mil cosas.

A mi me ha pasado de todo.

Se me ha llegado a olvidar apagar las lentejas o ir al colegio con el arroz en el fuego, con un resultado nada sorprendente y teniendo que improvisar comidas, muy cabreada, al tiempo que tiraba ollas o sartenes. Echarme colacao en el café o café en la leche del niño. Una charla a la que estaba inscrita y que me habían recordado dos mil veces. Confundirme de día. Dejarme las llaves dentro de casa.

Y así hasta el infinito.

He salido a la calle en zapatillas de andar por casa, o le he puesto las deportivas al revés a Rodri (de esas muchas, ¿eh?). Ahora con el tema mascarilla, los días que no descanso y voy con prisas a veces me doy cuenta de que no la llevo a medio camino de la ruta, así que he optado por meter una en su mochila porque no me fio ni de mi sombra.

Cuando eran más pequeños esto era lo habitual, la madre despistes. Tal era mi estado de cansancio que no fueron ni una ni dos veces las que se me olvidó ir a la salida del cole porque pensaba que ese día tenían extraescolares. Y ahí estaba yo, recibiendo la llamada de la tutora de turno o de la responsable y pegándome la carrera del siglo batiendo no solo mi marca personal, sino probablemente alguna mundial. Porque creo que nunca he corrido más, con la consecuente culpa posterior que me duraba días.

¿Cómo es posible que se me olvide recoger a mis hijos?

Pero sí, me ha pasado.

Y, cuando años después pensaba que no podía ser peor lo fue, y lo fue a unos niveles que mirad, aún varios días después tengo un come come que se me revuelve el estómago. Os pongo en situación. Vamos, que me marqué una especia de madre de Kevin en solo en casa.

Habitualmente recojo yo a los niños del colegio y a Rodri de su parada, excepto los dos días en los que no hay entrenamiento y mi marido no tiene que llevar a Aitana. Pero si estoy liada porque estoy enmedio de algo, en una charla o realmente agotada, él sale un poco antes con la niña y esperan en la parada dentro del coche para recoger a su hermano y dejarla a ella después, aunque llegue unos minutos tarde, (para lo cual yo aviso a la entenadora, super comprensiva por cierto).

Hasta ahí bien.

Pues el viernes era de esos días.

Me había levantado sobre las tres de la mañana, una noche horrorosa. Y, tras estar toda la mañana sin parar ¿qué pasó? pues que como la bajona no perdona, estaba que no podía con mi vida. Así que mi santo se ofreció a recoger a los niños y yo me relajé, y me relajé tanto que, tras hacerle el moño a la mediana di una cabezadita.

Y nada, esos diez minutos me sentaron como la gloria, me hice un descafeinado, me tapé con una mantita y me puse a leer mientras ellos se iban apurados “Luis, ya llegáis tarde al pabellón, que son casi y veinte”  “Que no mujer de poca fe, que vamos bien”.

Total que se fueron y a los diez minutos los llamé para ver si habían llegado a tiempo. “Si, ya estamos, vuelvo a casa“.

Menos mal, porque yo eso de que los niños lleguen tarde a cualquier sitio es algo que me pone muy nerviosa porque yo peco de excesivamente puntual, es así.

Y mietras hablaba con Alejandro de pronto me levanté de un respingo del sofá y cogí el movil toda nerviosa para llamar a mi marido. ¡Rodrigo! ¡Se me había olvidado decirle que recogiera a Rodrigo!

No me lo podía creer, hacía como 15 minutos que el atobús habría llegado, y, aunque nadie me había llamado, no podía dejar de pensar en mi pequeño. Lo llamé y me puse a gritar como loca “¡Se me ha olvidado decirte que fueras a por Rodri!, Ay Dios mio que seguro que se han pasado de parada, ay mi niño…” Mi marido empezó a vacilarme y en unos segundos lo oí decir por el manos libres “Ay que ver mamá como es Rodri, que se piensa que yo no me voy a acordar de tí!”

Se había acordado, por supuesto pero yo, con esa carga mental que suelo soportar no fui capaz de creer en que delegar consiste en confiar. Y si, lo cierto es que mi marido tiene cierto historial de olvidos de ese tipo, pero de eso ya hace tiempo.

Ese es uno de los motivos de mi ansiedad: el querer llevarlo todo bajo control y cuando pasan estas cosas pues…eso.

Que sí, que se me olvidó mi hijo. Os lo prometo. Por unos minutos estaban Alejandro y Aitana pero Rodrigo no. ¿Cómo es posible que no recordara que llegaba a esa hora?¿Cómo no pude echarlo en falta precisamente a él? Pues el cansancio amigos, que nos juega malas, muy malas pasadas.

Contadme, ¿os afecta tanto como a mi? ¿qué cosas se os han olvidado?

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