Quien dice conciliación dice desconciliación porque, aunque esta palabra no existe en nuestro diccionario, a mi me viene al pelo para reflejar mi realidad y la de muchas, muchísimas personas, especialmente mujeres.

¿Y por qué? Porque ante la maternidad y el cuidado de otros habitualmente somos las que mayoritariamente dejamos a un lado nuestra profesión.  O tratamos de compaginarla haciendo malabares imposibles. Y ojo porque de esto se habla desde hace mucho y muy fuerte pero  sigue sin tener una solución, solo parches. Un tema pendiente que no es nada nuevo.

Pero es que además, las circunstancias especiales que estamos viviendo de pandemia (nos lo queríamos perder, ¿eh?) han hecho que la poca conciliación existente se perdiera, se esfumara. Y aquí NO HA PASADO NADA. Porque oh, somos tan fuertes que podemos con todo.

Hemos podido/ tenido que trabajar de madrugada, bien cuando los niños se habían acostado o levantándonos cuando algunos bares estaban echando el cierre y antes de que las panaderías abrieran. Arañando minutos, horas al descanso, a los tiempos muertos -si es que existe alguno- entre que acaba una lavadora, pita el microondas y se acaba de hervir el arroz.

Porque hemos sido capaces de hacer de madres 24×7, asumiendo desvelos nocturnos infantiles por pises, pesadillas, reclamo de cariño, lactancia… Con nuestros propios desvelos fruto de la incertidumbre, la ansiedad, el miedo. El estrés por ese trabajo pendiente, porque se había acabado la leche, o porque al día siguiente teníamos que salir a la farmacia y a ver cómo lo hacíamos cargadas de churumbeles sin mascarilla.

Porque hemos tenido que adoptar roles de profesores, muchas veces por encima de nuestras posibilidades, para todo tipo de niveles educativos. Y el resultado ha sido un poco regulero porque ¡sorpresa!, ni todos los padres tienen estudios terminados, ni saben inglés, ni se manejan con las no tan nuevas teconologías, o directamente no han contado más que con un móvil o un ordenador obsoleto en casa, quizás tirando de unos datos móviles que se deben dosificar.

Porque hemos sido cuidadoras de nuestros hijos con discapacidad o de nuestros mayores, o quizás hemos sido nosotras las enfermas. Viendo cómo el encierro mermaba la salud mental y física más y más;  cómo al estrés de no poder trabajar se sumaba el no disponer de recursos para hacer frente a esos cuidados hacia otros necesarios para una vida digna. ¿Y el resultado? Una carga física y emocional insostenible, con secuelas que aunque no lo parezca porque repito, se asume que podemos con todo, salen, acabarán saliendo.

Y así con todo.

Ahora, a dos semanas del inicio de las clases, la ansiedad vuelve a asomar en mi vida al ver las noticias y no poder evitar retroceder cinco meses en el tiempo. Me observo a mí misma corriendo de una habitación a otra, repartiéndome entre los tres niños, tratando de ayudarles con esa sensación de hacerlo todo rápido, mal y a medias.

Veo a mi hijo Rodrigo sin terapias, sin clases, enganchado a una televisión y a una tablet que ya, por la sobreexposición, comienzan lógicamente a aburrirle y me siento impotente porque, a pesar de tener recursos, formación, no soy capaz de conectar con él para darle una millonésima parte de la ayuda que desde la posición de expertos le proporcionan sus profesores y especialistas.

Y eso me supera.

Seis meses.

Seis meses que se podían haber valorado como una OPORTUNIDAD para reflexionar, estudiar, escuchar, tomar medidas. Seis meses con la carga asumida por cada uno de nosotros, con todo lo que eso implica.

Para mi, estrés, tristeza, agotamiento, frustración.

Días en los que no era capaz de sentarme diez minutos seguidos sin una interrupción.

Tener que preparar un documento, hacer una entrega mientras escuchaba voces de niños que me reclamaban, ordenadores, televisiones, llantos.

Mientras que en mi mente rumiaba el planning semanal se sumaban el “voy a tener que pedir que me dejen unos días más de margen” más el “tenía que haber enviado tres correos y se me ha olvidado” más el “¿y hoy qué comemos?” más el “me estoy quedando sin ibuprofeno” más el “me quedan pañales para diez días” más el “tengo que llamar al seguro por la gotera de la habitación” más el “¿cómo estará mi madre a la que no veo desde Navidad por ser paciente de riesgo?” más el “se me acaba la medicación del niño y no sé cómo voy a ir al hospital”. Sumado a crisis convulsivas, a conductas disruptivas, a emociones desbocadas de un niño que no entenía qué estaba pasando, Y así hasta el infinito y más allá como diría aquél.

Y en unos días llega el curso escolar. Ansiado siempre pero este año cargado de una disonancia entre alternativas aparentemente incompatibles y ninguna satisfactoria que no hacen más que tener nuestras mentes al borde del colapso.

Que no, para aquellos de dedo rápido y verborrea explosiva carente de reflexión y reacios al debate, el colegio no es nuestra conciliación, no queremos apracar a los niños, no queremos deshacernos de ellos. Queremos trabajar en condiciones, queremos que estudien en condiciones, que socialicen en condiciones, que jueguen en condiciones. Que vuelvan al colegio seguros. Queremos que sean niños y nosotros ser los padres que necesitan cuando vuelvan del colegio.

Yo al menos, no me reconozco como madre en muchos momentos. Porque estoy a todo y a nada.

La conciliación llena bocas, papeles, medios, más ahora que se han hecho evidentes las carencias, carencias que se denunciaban y obviaban, pero que no se han podido esconder debajo de la alfombra durante más tiempo. Y a las puertas de septiembre, ¿dónde queda?

¿En los abuelos? No, los abuelos no son conciliar, ahora menos que nunca, por salud. Tampoco contratar una persona que cuide a tus hijos durante unos años que son irrecuperables, y lo mismo, no es el mejor momento.

No me corresponde a mi dar soluciones. Hay expertos y asesores que se presupone están cualificados, preparados y bien pagados por ello. Pero ni están ni se les espera.

Mientras, una servidora aprovechará cualquier momento para hacer sus cosas. Entre baños, mientras ven la televisión, utilizando la grabadora cuando saco a la perra y al mayor a pasear…

Seguiré quitándole horas al descanso y dando gracias porque mi marido es un apoyo fundamental en toda esta locura vital que estamos experimentando. Como bien me recuerda cada día, “yo al menos trabajo fuera de casa y desconecto, tú es que demasiado haces, no te fustigues más. Llegamos a donde llegamos”.

Y sí, es pesimismo. No me gusta ser así, pero el reloj sigue avanzando, arrancamos páginas del calendario y seguimos lanzando al aire gritos sordos, que nadie escucha o quiere escuchar.

Invisibilizada como madre de un niño dependiente, como madre que pretendo trabajar, que tuve que reinventarme precisamente porque la sociedad y el mercado laboral me obligaron a dejarlo todo al no proporcionarme alternativas. Ahora, experimento mi segunda oleada particular.

Respiremos hondo porque lo vamos a necesitar.

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