Llevaba seis meses esperando que Rodrigo volviese a su colegio, un centro de educación especial. Sin duda, el que más lo necesitaba de los tres. Y ese día llegaba el martes ocho de septiembre. La alegría reflejada en su rostro al subir al autobús y al volver a casa cuando le preguntábamos no dejaba lugar a dudas; decir que estaba feliz era quedarse corto.

El miércoles amanecía con una crisis convulsiva de la que no llegó a recuperarse hasta mediodía, y fue una pena no poder llevarlo pero es algo que entra en el pack con una epilepsia refractaria. Nunca sabes cuándo te va a dar la sorpresa.

Los días posteriores logró retomar en cierta medida su normalidad, si se le puede llamar así, con todos los cambios que ha supuesto este atípico y tenso curso. Una normalidad que pasaba por hacer una PCR a todos los alumnos del centro. Esto se contempla en una directriz de la comunidad de Madrid. Se les realizarán pruebas de manera periódica a alumnos y personal de centros de educación especial dado que se trata de un colectivo de riesgo por la dificultad -imposibilidad en muchos casos- de cumplir con las distancias y normas de seguridad e higiene. Y por lo visto se portó como un campeón.

El domingo por la noche, pasadas las nueve y media sonaba el teléfono. Se trataba de la jefa de estudios que, nerviosa nos comunicaba que un compañero de Rodrigo había dado positivo y se había iniciado el protocolo de cuarentena. No nos lo podíamos creer.

Afortunadamente todos los compañeros han sido asintomáticos.

Cinco alumnos en clase, dos positivos en el colegio y tenía que tocar en su clase.

Una mezcla de miedo, pena, agobio nos inundó. El sueño que tenía se desvaneció para dar paso a la mayor de las ansiedades. Y, aunque trataba de relajarme, de enfocar, de racionalizar solo había interrogantes en mi cabeza.

¿Y si él daba positivo? ¿Cómo iba a tenerlo aislado? ¿Cómo iba a gestionar la vuelta al colegio de sus hermanos el jueves?

Sí, porque tal y como nos indicaban solo tenía que hacer cuarentena él, que era el contacto estrecho; nosotros podíamos hacer vida “normal”.  Tan solo debíamos tomarnos la temperatura y observar por si se producía algún síntoma.

De pronto me sentía trasladada en el tiempo a marzo, reviviendo cada momento de encierro. Sin poder salir a la calle, viendo con el corazón encogido cómo se asomaba a la ventana y cogía sus zapatillas sin entender qué estaba pasando. Ahora igual, sin piscina, sin paseos. Nada de nada.

Y además me enfadé, con nadie en concreto, claro. Porque en nuestro caso particular seguimos semiconfinados. No hemos salido de vacaciones, llevamos sin ver a la familia desde navidad (mi madre es paciente de alto riesgo y es inviable ni bajar a Benidorm ni que ella venga), no hemos salido a comer fuera, ni a pasear más allá del campo aledaño a nuestra casa…Hemos cumplido con cada una de las normas y más. Y de pronto una cuarentena impuesta, además para Rodrigo. Es que no era justo, de ningún modo.

Imaginaos esa noche, no pegué ojo.

La logística de la vuelta al cole de sus hermanos me estaba volviendo loca.

Para empezar la entrada del primer día. Todo nuevo, muchos cambios, acceso, tutores, desdobles de aulas, recogida de agendas…Necesitaba estar ahí. Así que mi marido pidió permiso para ausentarse unas horas ayer jueves y poder acompañarlos una servidora. A partir de hoy ya están avisado los tutores, ellos van solos, saben dónde quedarse, dónde ponerse y cómo actuar. No queda otra, es una constante dado que por norma general Rodrigo siempre ha tenido que coger la ruta exactamente a la misma hora en la que sus hermanos entraban. Y una persona sola no puede estar en dos espacios físicos diferentes a la vez, al menos de momento…

Tocaba solucionar el tema salidas porque obviamente no dejan que dos menores salgan solos del centro. Y gracias a la familiaridad de nuestro colegio, un colegio de barrio, tuve enseguida gente que se ofreció a acercármelos a casa. No sabéis cómo respiré de aliviada con ese tema, de verdad que no dejaba de darle vueltas.

Porque os recuerdo, y aprovecho para poner énfasis en esto, que estando en cuarentena, aunque seamos asintomáticos, aunque hayamos dado negativo, no se puede salir para nada. Cuanto más aislado mejor. Y veía que tendría que salir si no me quedaba más remedio, lo que me hacía sentir tremendamente irresponsable, preocupada, ansiosa.

¡Ah! Por cierto sí, el miércoles por la tarde nos confirmaban esa PCR negativa. Un alivio INMENSO.

Desde el colegio se han estado poniendo en contacto con nosotros todos los días para ver cómo se encuentra y cómo nos encontramos nosotros. Todos bien, todos sin síntomas. Claro, eso de aislamiento con un niño con discapacidad severa pues va a ser que no. Sí tiene poco contacto con sus hermanos, pero por ejemplo yo lo tengo colgado todo el día a todas horas dándome abrazos y besos, le tengo que cambiar pañal, limpiarle moquetes, saliva a veces, darle de comer, asearlo…Es imposible.

Cuando pensaba que me tocaba por fin el momento de descansar…vuelvo a ese punto. Dedicación de nuevo exclusiva, nada de salir a hacer ejercicio, de trabajar en casa y poder concentrarme. De nuevo prolongando esta situación dos semanas más, parece que el destino está emperrado en hacer del encierro un estado permanente en mi.

No queda otra que esperar, con la poca paciencia que queda (¿qué queréis que os diga…?), y el cansancio acumulado. Ver con impotencia cómo Rodri se enfada (y con razón) cuando sus hermanos se van a clase, cuando su padre sale a sacar a la perra sin él, pasando las horas entre tablet y asomado a la ventana como si así el tiempo transcurriera más rápido. Llevarlo lo mejor posible, dando gracias a que no haya síntomas, y seguir tachando días en el calendario, editado, que no hay cosa que me ponga más que tachar asuntos pendientes.

¿Habéis tenido que hacer cuarentena tras la vuelta al cole?

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