M hija mediana y mi hijo pequeño han estado siempre muy unidos, uña y carne, y es lógico ya que pasamos mucho tiempo en casa. Con Rodrigo las salidas son muy concretas, preparadas, no vale la improvisación ni salir a cualquier espacio. Desde chiquititos se han acostumbrado a compartir el tiempo y la verdad es que ha dado gusto ver lo bien que se llevaban.

Pero como todo en esta vida la cosa está cambiando, por momentos.

Y tiene una razón más que obvia: que están creciendo.

Mi hija con 11 años en cuestión de dos meses ha pasado de ser una niña muy infantil,  a convertirse en una niña con formas, con inquietudes, que ha descubierto la música de mayores, que ya busca su tiempo para estar sola. Le encanta quedarse en su habitación dibujando, jugando con su hámster, observándolo, cantando, bailando…

A su mascota Milú se la regalamos el año pasado en mayo, por su cumpleaños. Y ha demostrado ser muy responsable ya que es ella la que se encarga exclusivamente de todos sus cuidados: desde limpiarle la jaula, sacarlo, preparar comida y lecho, anotar si falta, acompañar a comprarlo, jugar, darle cariños, aprender sobre su conducta leyendo todo tipo de información…

Mientras, su hermano está volcado con los juegos, los lego, minecraft y sigue buscando a alguien para jugar, ya que nunca le ha gustado hacerlo solo. Y ahora está viendo que su hermana practicamente nunca quiere estar con él, algo que lo tiene descolocadísimo.

El otro día nos encontrábamos en el salón riéndonos porque el hámster tenía la boca tan llena que parecía una cobra, y Alejandro no sonrió ni una vez. Es más su cara era la de enfado, gran enfado.

Fui observándole en más ocasiones y siempre que salía el tema de la mascota se mudaba su expresión. “Pero si el pobre animal no te ha hecho nada” “Pues lo odio mamá”.

Con Ale hay que tener una paciencia infinita. Tiene muchos problemas para identificar las emociones que lo abruman y no ayuda nada la disinicronía que tiene entre su nivel evolutivo y su nivel intelectual: es un niño de altas capacidades con un gran desequilibrio en ese sentido. Así que le resulta muy complejo en muchas ocasiones ponerle nombre y apellidos a lo que le pasa por la cabeza, lo que esta sintiendo, experimentando.

Hablar con él a veces no da ningún resultado porque se frustra y acaba gritando porque según él “no sabe cómo explicarlo y no le entendemos”.

Sin embargo hay días en los que los astros se alinean y es posible mantener una conversación con cierta estabilidad, como ha sucedido hoy. Precisamente, mientras yo sacaba el tema del exceso de pantallas me replicaba que era porque nadie quería jugar con él. Que yo lo hacía pero como estaba Rodrigo y tenía que hacer cosas pues que no podía, aunque ahora que estaba papá ya era distinto.

Y ese pellizco en el alma.

Entonces cogió carrerilla explicando que su hermana había cambiado mucho en la cuarentena, que ya no era la misma. Y acto seguido, sin decirle nada me confesó que odiaba al hámster porque desde que ella lo tenía le prestaba la atención que ya no le daba a él, que lo prefería antes que a su hermano.

Se hizo el silencio.

Por más que trates de explicar que su hermana lo quiere, que una mascota no va a reemplazarlo; por más que trates de explicarle que está a punto de entrar en la adolescencia y eso conlleva un proceso de descubrimiento que nos afecta a todos como familia no solo a ella, a él solo le importa el hecho de que su hermana casi no juega ni comparte momentos con él. Y está sufriendo enormemente.

Desde la perspectiva que da el haber pasado por esa edad he tratado de recordar cómo me sentía con respecto a mi hermano pero, ni de lejos el escenario ni el momento fueron los mismos. Con 11 años yo era una niña que jugaba con muñecas, y mi mundo era mi colegio, el conservatorio y jugar con mi hermano. Otra generación, otra forma de vivir. Esa distancia llegaría mucho más tarde, estando yo en el instituto con 14 o 15 años, sino más. Y luego volvimos a encontrarnos hasta forjar una relación estrecha y adulta.

Ahora veo a un niño de ocho años y medio, con esa mirada de color miel, esa melena rubia, que sigue buscándome para dormir, persiguiendo como un cachorrillo a la que ha sido siempre su referente, y me duele. Pero esto también forma parte de la maternidad: acompañarlo en este proceso, explicando, abrazando, comprendiendo. Porque aquí no hay posturas para decantarse, no hay equipos.

Somos una familia como tantas y los años que parecía que eran estancos de pronto nos damos cuenta de que traen cambios enormes, no solo ropa cy calzado que se queda pequeño, sino en cambios que van más allá de lo físico. Es un camino dificilísimo, para el que no te preparan. Y por mucho que leas, y te formes al final tu sangre duele, más en tiempos como los que estamos viviendo. Este encierro y la ausencia de contacto con otros pequeños les ha generado una angustia y soledad que no han verbalizado pero está ahí.

Un año me ha costado descubrir el porqué de la inquina hacia la mascota. Pero al final lo ha escupido, y me alegro.

Ahora, solo quiero abrazarlo mucho porque puedo hacerme cargo de lo que ha estado sufriendo y quiero que sepa que estoy aquí para él, por encima de tiempo que nos falta u obligaciones de adultos. Y le repito mil y una veces que los tres son igual de importantes y relevantes. Que es el mejor hijo pequeño que puedo tener y que su hermana lo quiere aunque no se lo diga o esté cambiando.

La adolescencia va asomando la patita.

Nos vamos preprarando.

¿Os suena esto de algo?¿Tenéis en casa situaciones parecidas?

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