Suena el móvil, lo busco rápidamente y no llego a tiempo. Un número que no tengo registrado. “Ya volverán a llamar” suele ser mi primer pensamiento. A los diez segundos vuelve a sonar y es mi marido. Antes de hablar con él, en esa fracción de segundo, ya sé que se trata con un un 90% de probabilidad, de Rodrigo. No me equivoco.

Su discurso es atropellado y solo alcanzo a entender caída, golpe y nariz. Dada la distancia de su trabajo y la distancia de casa a su colegio soy yo la que acude cada vez que nos llaman por algún incidente, por razones organizativas y de tiempo, obviamente.

Marco sin saber a quién y me atiende el responsable del servicio médico del centro. Hoy tenían una actividad inclusiva con un colegio ordinario de la zona. En un momento determinado alguien lo ha empujado y ha caído de cara al suelo sin apoyos. El resultado es imaginable,  y lo visualizo claramente dado que no es la primera vez que sucede algo así. Lo han trasladado a su colegio y allí intentan aplicar hielo pero es poco menos que una odisea ya que no para de llorar, sangrar y moverse. Lo imagino mucho. Está consciente, en el aula y sería conveniente llevarlo a urgencias para valorar si hay algún tipo de lesión.

Cojo el bolso, el chaquetón, llamo un taxi -la comunicación en transporte público es bastante pobre y compleja para llegar allí- y salgo corriendo. Solo tengo un 30% de batería, no me lo puedo creer.

En tres minutos está el taxi y, mientras recorremos los algo menos de diez kilómetros de distancia existentes, solo puedo pensar en urgencias y en fractura. Noto como la ansiedad va tomando el control. Me sobra la mitad de la ropa, tengo que cerrar los ojos, me mareo.

Llego y voy corriendo al aula. Ahí está, con la tablet, en la mesa, con su tutora y la jefa de estudios, ambas consternadas, preocupadas, y visiblemente afectadas.

Al principio de curso ya envié casi un memorándum explicando que Rodrigo tenía una querencia innata a las caídas por mil factores, desde falta de equilibrio, microcrisis y de atención, entre otras. Y que sería un curso accidentado, que debíamos prepararnos para ello. Pero una cosa es saberlo, y otra muy difícil vivirlo.

Y había llegado el día.

Me prepararon una mochila con toallitas, pañales, papel…y mientras él, al verme rompió a llorar. Ya sabemos qué pasa con los peques cuando se hacen daño, que una vez ha pasado todo si nos ven se derrumban. Con discapacidad o sin ella. Son niños.

Así que nos fuimos, cogimos de nuevo un taxi y el trayecto lo hizo fenomenal porque el hospital se encuentra a medio camino entre el colegio y nuestra casa. Pero en el momento en el que se desvió para dejarnos en urgencias, ahí él ya sabía lo que se avecinaba. La memoria, la experiencia es un grado. Y él es un viejo conocido de este servicio.

Si digo que tuve que llevarlo a rastras me quedo corta.

Había dos personas delante -eran aproximadamente las 12 de la mañana-, aunque las salas de espera estaban abarrotadas. No dejaba de gritar, de empujarme, de escaparse, casi no podía explicar a la persona de recepción qué le había sucedido y sus características, que es lo que siempre hago. Pasamos a triage, una sala llena donde conseguí que se tumbara sobre mí y dejara de gritar.

Cinco minutos tardamos en ser atendidos y ahí él se sentó en una silla tranquilamemte porque sabía que solo iban a recoger datos. Me sorprendió TANTO que no daba crédito. Mientras le explicaba a la enfermera lo sucedido, antecedentes, etc…apareció una compañera que trató de limpiarle la sangre -aunque no se dejó-. Su trato fue maravilloso, dulce y paciente.

En lugar de esperar en la sala pediátrica, nos dejaron hacer lo propio en la sala del “pollito”. Es la zona donde se administran aerosoles y oxígenos, tiene una televisión y suele estar vacía, al menos aún en esta época del año. Seguía gritando y de nuevo apareció la enfermera, que me contó que su hermana tenía autismo también. Intentó conectar con Rodrigo, le hizo un globo con un guante, mantenía distancia mientras le explicaba y lo miraba a los ojos…y tuvo que marcharse de nuevo, lógicamente a trabajar.

No sé cuánto estuvimos, pero al final nos llamó la doctora para valorarlo. Y a partir de ahí todo fue mal. Muy correcta, muy aséptica, muy fría y perdida. Mucho. No entendía que Rodrigo no colaborara, y mientras más instrucciones verbales le daba, más alterado se ponía. Le expliqué y le expliqué. Pero su actitud iba en escalada, con una profesional totalmente desconcertada. No sabía qué hacer. Y de nuevo apareció ella, nuestra enfermera de la guarda, que le pidió prestada la linterna de examen ocular. “Voy a intentar que me mire a mí, que ya me conoce –Rodri le había chocado y saludado-, luego le voy a enseñar la linterna y después intentamos enfocar”. Así lo hizo, con calma y sin prisas, y la doctora, en ese preciso instante, lo único que se le ocurrió decir fue “¿Sabes que estás cogiendo la linterna al revés?”. Yo me quedé parada y nuestra enfermera ángel se giró con una sonrisa enorme para explicarle que ya lo sabía pero que necesitaba que confiara y sobre todo hacerlo despacio porque no sabía cómo le iba a molestar la luz.

Rodrigo no colaboró, o lo hizo poco. Esa es la verdad.

Nos derivaron a rayos por urgencias y allí tuvimos que esperar más de cuarenta minutos. Sin apenas batería, en un pasillo abarrotado donde me dediqué a cantarle con él en brazos, todas las canciones que se me iban ocurriendo. Estaba agotada, y él daba señales del típico bajón tras una experiencia de este tipo.

Y al fin nos llamaron.

El momento radiografía ya os lo imaginaréis. Y de nuevo, posiciones totalmente divergentes, una auxiliar nerviosa que se quedó paralizada, y una técnico rápida, ágil que le pidió que se marchara, que entre ella y yo nos encargábamos. Y así estuvimos hasta que conseguí sujetarle la frente los segundos necesarios para poder hacerle “la foto”.

De ahí a urgencias pediátricas de nuevo, y qué suerte que habían mantenido nuestro turno en un box. Pero de nada sirvió porque tal y como la doctora nos refirió, con mucha desgana, no habían llegado las imágenes aunque ya le habían confirmado fractura. Así que nos invitó a marcharnos y esperar. Esta vez no pregunté, me levanté y me fui a la sala del pollito donde de nuevo tocó esperar una media hora.

Dos y media de la tarde.

Rodrigo con hambre, cansado, agotado. No podía más.

Y al fin llegaba, la famosa carpeta roja de derivación de urgencias, y de ahí nos derivaban a ORL. Espectáculo a la vista cuando el peque vió que no salíamos a la calle, de nuevo a rastras. No había nadie en la sala, nadie. Eso sí, seis personas en el mostrador. Era tanto el ruido y tan fuertes los gritos de Rodrigo, que no quería permanecer sentado ni apenas podía sostenerlo, que tuve que gritar para explicar de dónde veníamos.

Seis mujeres. Seis. Y seis miradas sorprendidas, perdidas, asustadas algunas, enjuiciadoras otras. Entonces llegó el “no es aquí, es en maxilo facial”. Y tomando aire traté de explicarle a un niño que salía corriendo como alma que lleva el diablo que teníamos que subir a la tercera planta un momentito.

Lo siguiente ya fue más de lo mismo,gritos y más gritos. Afortunadamente la cirujana no pasaba consulta hasta las 4 (eran las 3), así que como vivimos cerca acordé irme a casa y volver en una hora con Rodrigo comido, cambiado y algo más relajado, y con su padre.

Por la tarde hubo que esperar casi hora y cuarto y, aún sabiendo que hay fractura, sin saber sin certeza si había que operar dada la existencia de una fractura previa y por la evidente inflamación. Pero eso lo sabremos en unos días.

Si bien este post no persigue dar soluciones, porque me he extendido demasiado, si pretende acercar una realidad: la falta de preparación en muchos casos, protocolos en otros y empatía -algo inaceptable- en relación a pacientes con necesidades especiales en algunos centros hospitalarios. 

Algún día sí daré forma a mis reflexiones surgidas en ese momento que más que de cabreo fueron de tristeza, pero unos mínimos creo que deberían ser de obligado cumplimiento, por los pacientes y por los profesionales.

Una recepción inmediata y ágil, ubicarlos en zonas separadas si es necesario (en el nuestro sin duda), la existencia de una figura en el centro -llámesecomosea-, acompañamiento por alguien cercano (algo que sí se cumplió), realización rápida de pruebas complementarias y en definitiva tratar de agilizar la estancia en urgencias para que esta sea del mínimo tiempo necesario.

Nadie imagina la ansiedad y el estrés de estos pacientes, lo difícil de manejar y más cuanto más afectados están y menor es su capacidad cognitiva. No puede aplicarse un mismo protocolo.

Es cuestión de ponerse en los zapatos del otro.

Pero claro, aquí ya vamos a la raíz, a la falta de herramientas y formación. Y mientras, los que sufrimos esta falta de una norma somos los pacientes.

Afortunadamente he de decir que lo habitual es que el personal de urgencias sea comprensivo, porque lo hemos vivido ya demasiadas veces. Un caso no retrata un hospital. Pero hace unos días pude comprobar que no fue una doctora, fue algo más.

Nosotros tenemos que acudir a ese centro por la modalidad asistencial de mi hijo. Adoptar un protocolo como el resto de hospitales públicos no debería ser tan complicado, ¿cierto?

 

 

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