Piensas que puedes con todo, y estiras de la cuerda más y más hasta que un día se rompe y la ansiedad hace su aparición.

Llega para quedarse.

Estás pasando una temporada de locura, soportando un estrés que no te deja dormir, ni comer, ni casi sonreír.

Un día paras, haces reseteo y te dedicas a respirar.

Vas cerrando pequeños temas y, aunque los problemas no han desaparecido, sí lo han hecho parte de esos nervios que te tienen hipotecada la existencia.
 

Parece que no, pero te relajas.
 

Llega la noche, te duchas, cenas, os disponéis a ver una serie -o un fragmento de ella, a quién quieres engañar- y te vas quedando dormida. Qué bien…
 

No sabes el tiempo que ha transcurrido pero te despiertas por un malestar.
Algo extraño.
Notas como el pulso se te va acelerando, cierta taquicardia acompaña a un sudor frío.

Te incorporas, bebes agua, respiras hondo y te vuelves a tumbar.

Pero no se te pasa.

El desasosiego va en aumento y comienzas a tener la vista nublada. Miras a tu marido y le dices: «creo que me está dando una bajada de tensión» (sois viejas amigas). «¿Te preparo una infusión?»»Sí, por favor

Te vas al cuarto de baño, como siempre. Necesitas ir ahí porque sabes que el agua fría te alivia, igual que tumbarte en el suelo. A veces vomitas, así que es el lugar perfecto para pasar el mal trago.
Pero no, no es igual.

Te vuelves al salón.

Respiras hondo, cierras los ojos y tratas de hacer relajación, siempre funciona.
 

Hoy no.

Los sonidos comienzan a distorsionarse. La sinestesia hace su aparición, oyes «borroso».
Te entra un calor que quema, que arde, desde la punta de los dedos de los pies y va ascendiendo. Ya llega a tu cintura.
Te levantas y el instinto te lleva al dormitorio, pero no lo alcanzas. Te caes unos metros antes de llegar a la puerta. No puedes articular palabra. No puedes pensar. No puedes respirar.
No sabes cómo, pero llegas a la cama.
A pesar de estar en enero abres la ventana de par en par, necesitas el aire fresco.
Posición fetal sobre el lado izquierdo y una almohada entre las piernas, como siempre.
El corazón bombea más rápido que nunca. Lo sientes tan vivo que te da miedo.
El sudor, la quemazón, la boca seca, la incapacidad de moverte, de gritar pidiendo ayuda.

Notas como un hormigueo recorre el lado derecho de tu cuerpo que se va quedando dormido poco a poco. Te pellizcas y no notas nada. Sientes la piel flácida, ajena, al igual que tu ser.

No eres tú.

¿Qué te está pasando? Entonces llega el pánico.
 

Las señales son claras: ictus, infarto, un accidente cardiovascular. Es eso. Recuerdas cada lección de psicología y te maldices por ello en ese momento. No sabes si quieres saber.
Comienzas a hiperventilar de miedo, y, conforme lo haces, la sintomatología es más severa.
Tiemblas.
Y lloras.
Solo puedes pensar en que mañana puede que ya no estés y que no vas a volver a ver a tus hijos ni a tu marido.
Se genera un círculo miedo-dolor.

Y lloras más, ya sin esconderte.
 

Tu marido entra preocupado.
«¿Vamos a urgencias?»
No ves cómo.
A las once de la noche no puedes plantarte con tres niños allí, es impensable. Tampoco tienes con quién dejarlos. Podrías llamar a algún vecino, aunque no tengas confianza, pero Rodrigo, ¿quién cuidará a Rodrigo?
Le explicas qué te sucede, apenas con un susurro.

A los cinco minutos llega a la habitación y te lee de internet una retahíla de síntomas que encajan con lo que te está sucediendo: «cariño, o bien te está dando un infarto o bien es una crisis de ansiedad. ¿Sabes que es ansiedad, verdad?»
Respiras hondo. Sigues respirando hondo.

Has perdido la noción del tiempo.
Crees que han pasado horas, pero apenas han sido treinta minutos.
Te refrescas y cuando reúnes fuerzas, te vas al salón con la idea de ver la televisión o hacer algo que trate de mantenerte distraída.
La sintomatología se va atenuando, al menos vas racionalizando, pero no desaparece.
El estallido emocional de llanto te ha dejado casi sin fuerzas.
Bien entrada la madrugada le dices a tu marido que se vaya a dormir, que estás mejor.

No lo estás, pero no sabes cuándo volverás a un estado normal, así que prefieres aprender a afrontarlo.
 

De hecho al día siguiente sales a la calle para llevar al mayor a su ruta habitual y es un auténtico milagro que llegues a casa sin desplomarte. No puedes.

Tarda dos días en desaparecer, dos días en los que eres incapaz de acometer ninguna tarea por tí misma. Días en los que no puedes estar con nadie pero te da pánico quedarte sola.

Y se  marcha, se esfuma. Comienzas a encontrarte mejor, pero sabes que no es para siempre.
 

Ya se ha instalado en tu vida, y, si bien no es diario, sí te acecha para recordarte que está contigo, y que le encantará aparecer en cuanto el estrés vuelva a tomar el control.

Tuve suerte: conté con una buena amiga que me sirvió de guía, apoyo y consuelo ese fatídico día.
Me dio pautas, consejos y tranquilidad.

Los profesionales médicos y yo misma coincidimos en la confirmación de una crisis de ansiedad , que había que trabajar algunas cosas y sobre todo, que era cuestión de tiempo.

No importa tanto el tratamiento ahora, sino lo que implica a nivel de calidad de vida: tengo miedo a acumular tarea, a tener trabajo pendiente, asuntos sin resolver. Temo esos días en los que la rutina de casa me desborda, en los que la maternidad -más bien su lado menos amable- hace presencia y pueda estallar, porque me aterra que ella aparezca.

Es que sentí morir…

Literalmente hablando.
 
Cuando escuchas, lees, estás atenta, ves que no estás sola. No en balde ya se la conoce como la enfermedad del siglo XXI, incluso hay quien habla de una Epidemia.

Y no, no es cuestión de Diazepam, Trankimazim, Orfidal, ni hierbas, ni mindfulness.

Es cuestión de hablar de ello, de concienciar, de apoyarse, de saber a dónde nos va llevando esta, nuestra vida actual.

Que es serio, mucho, y peligroso.
 

Mientras escribo estas palabras, el hormigueo comienza a hacer su aparición en mi hemicuerpo derecho y me va faltando el aire. Es así, su mero recuerdo dispara el sistema parasimpático que comienza a enloquecer de nuevo. Mejor lo dejo, no sin antes deciros que, antes una crisis así respirad, profundamente, relajad la mente y sabed que remitirá, y que, sobre todo, cuando pase, tendréis que replantearos vuestra forma de vida.

 

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